Karlovy Vary: el cine, los balnearios, lo intangible

La primera semana de julio vuelve el festival internacional de cine de Karlovy Vary. Es de nivel A, como los de Cannes, Berlín, Venecia o San Sebastián. El establishment institucional checo y las grandes empresas miman el festival. En Chequia es la gran ocasión social del verano, el lugar donde hay que ir.

Llegan miles de personas a la ciudad, los alojamientos se colapsan. Muchos pasean con orgullo la tarjeta de plástico de prensa colgada en el cuello, que los identifica y les permite ver películas gratis. Desde los años noventa, entre el público llega gente joven con mochila que, con bulimia cinéfila, se traga en pocos días tantas películas como puede, se aloja como sea y se alimenta de cuartos de pizza. La cantidad de películas es imposible de absorber por una persona sola. Hacia el mediodía se empieza a ver a los festivaleros durmiendo estirados en cualquier palmo de hierba.

Un desarrollo más tardío es la colonización del festival por las grandes empresas. Privatizan la calle, la ocupan, hacen incontables actuaciones de márketing, de una vulgaridad invasiva del espacio público. La clave es cerrar un perímetro y poner gorilas en la entrada para filtrar a la gente, mientras los de dentro se sienten importantes bebiendo cócteles pagados por patrocinadores.

El negocio de los balnearios, propio de la ciudad, mantiene con el festival de cine una relación de simbiosis en el imaginario, el uno y el otro se refuerzan mutuamente. La cultura balnearia viene del siglo XIX, como la taxidermia o la frenología, pero a diferencia de estas ha perdurado. Hoy la seguridad social checa a veces aún paga tratamientos en balnearios.

En el momento de máximo esplendor, la aristocracia y la alta burguesía de media Europa venía a “tomar las aguas”. En esta época se consolida el aspecto actual de la ciudad antigua, las fachadas de pastiche arquitectónico historicista, en colores pastel, como enormes pasteles de boda. El emperador de Austria fue uno de tantos clientes ilustres. Probó la Becherovka, porque este famoso licor de hierbas con toque final de canela proviene de Karlovy Vary.

El emperador y la aristocracia, el esplendor pasado, el glamour, es la entelequia que vienen a buscar nuevos ricos, locales y globales: los coches caros en las calles y los letreros en ruso y árabe en las joyerías dan una pista por dónde van los tiros. Hoy el antiguo esplendor intangible ya no lo aporta la aristocracia, sino alguna estrella menor invitada a cerrar el festival, como Uma Thurman, que vino en 2017, o Robert Pattinson en 2018, el guaperas británico que se hizo un nombre como vampiro rompecorazones adolescentes.

Vienen a recoger un premio, se hacen una foto en la alfombra roja, la mayoría de la gente los ve de lejos, unos segundos. Entre el público se mezclan mochileros cinéfilos, jóvenes y de corazón puro, familias árabes y rusas ricas de vacaciones en el balneario y periodistas improbables.

Pero ver de cerca a la estrella y tenerla al alcance de la punta de los dedos estará reservado a los ricos y poderosos. Los jefes de la organización, los políticos, los directores de las empresas patrocinadoras. Todos podrán explicar que se acercaron a la estrella y algunos podrán decir que intercambiaron dos o tres frases banales en inglés simplificado.